Hace días compañeros me alentaban a escribir y dejar ver lo escrito (cosa complicada para mí, dada la inexperiencia). Luego me pareció que de la vida todos podemos hablar, todos compartimos en mayor o menor grado la prisa matutina, los calores de medio día o el frío insospechado que escasea cada vez más en esta isla.
Pero la razón que hoy me empuja a tomar mis clases de mecanografía de secundaria en serio, poco tiene que ver con esas prisas, lo que me trae aquí son pensamientos al aire en momentos de extraño ocio en los que solo se me ocurre remover las cosas de mi habitación.
¿Cuántas personas podrían estar pasando la misma tontería? ¿Soy la única que no espera el llanto de media noche de diciembre para decir que las cosas necesitan ser replanteadas?
Unas libras por rebajar (las mujeres comprenderán mejor que nadie este aparte), ropa que sacar de ese rincón tan molesto, zapatos que… (no esos son intocables); sigo con los accesorios esos que ya pasaron de moda, las hojas escritas, las no compartidas, los borradores, lápices que ya no uso… entonces aparece como un rayo inesperado en el alocado barullo de cosas revueltas una idea: ¿Y los amores? y si...
No es momento para melancolías, esperemos diciembre.
Quizás no debemos esperar las 12 del 31 para comer las uvas y pedir los deseos o quemar pedazos de esperanzas no materializadas hechas letras en un trozo de papel. Quizás sea el incienso con el que bañamos el ambiente el que consiga llevarse la rémora del día a día… quizás, quizás, quizás… titulo de una canción que debemos dejar de cantar y comenzar a cazar las tardes mandarinas de otoño y al tiempo botar los hollejos de esos recuerdos que de nada sirven.
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