martes, 2 de marzo de 2010

Portada y contenido

Ven a buscar
el misterio de lo cotidiano
tan cerca y tan lejos está
las delicias que voy a ofrecerte
no puedes comprar.

Y déjame entrar
en tu casa ventanas abiertas al viento
que de par en par
te descubran secretos a voces
por casualidad.

Ven, probarás
a romper el hechizo continuo y profundo
y al fin abrirás
la prisión de tus ojos viajeros perdidos.

Y ves
que escondido entre sombras
como un nido de alondras
como un juego de niños
pequeños detalles te harán renacer.

Y aunque nadie los nombra
si te faltan te asombras
como un rayo de luz
rompen la oscuridad.

El placer de soñar
bendición del durmiente
con celo y esmero se debe sembrar
de felices presagios
de azúcar y pan.

Y el embrujo de amar
sortilegio diario que cruza los tiempos
y que hay que endulzar
con la miel de los besos cautivos
preciado manjar.

“El misterio de lo cotidiano”. Presuntos Implicados

En el mes que recién finaliza cosas nos han pasado y en esta ocasión no quiero tocar los aspectos negativos, como el de jóvenes que entienden que Juan Pablo Duarte es una calle comercial o un hombre que luchó contra el trujillismo (todos ellos dominicanos). Enfoquemos los aspectos agradables como el de haber visitado en más de dos ocasiones (y por gusto) una librería y sus estantes. Era más que la curiosidad por las cafeterías del interior o los alrededores, se convirtió en un verdadero paseo, como el de nuestros padres en atardecer de domingo por los parques y sus gentes.

Decidí comprar libros (placer poco común en estos días), sentí el impulso de llamar a mis amores y algunos desamores, el deseo se materializó. Como si estuviese en la ruta de los grandes diseñadores, en cada espacio veía la cara de alguien que podría aprovechar mi visita: en ese de la izquierda los clásicos para “La Beba”, en el fondo música para los amigos, a la derecha los de psicología para compañeros y mi gusto propio… a todos los sentía cerca.

Mis ojos se pasearon por portadas no conocidas (muchas) y me detuve en el peculiar oteo de un señor con una complicada forma de selección: miraba los colores de las portadas –me parecía- y ponía especial atención en la tipología usada en la impresión; muchos quedaron fuera por la extraña discriminación.

Como era de esperar comencé a observar que, con pequeñas diferencias, todos discriminábamos (debo incluirme porque tenia el mismo modus operandi) al momento de seleccionar entre variada opción que ofrecía el establecimiento. Dejábamos de lado las cosas que “no encajaban en el perfil”.

Un titulo recomendado llegó a mi cabeza, busqué y contemple, no pude encontrarlo con mi arbitraria discriminación de formas y colores, fue inútil. Me hago auxiliar de un joven que de manera amable señala un rincón de esos que no tienen rostro sugerido en sus títulos, no se me hubiera ocurrido buscar allí, con solo acercarme -!EUREKA!- ahí estaba esperando por mí.

No pude más que pensar “¿Cuántas veces nos habremos cruzado con malos títulos, llenos de buenos contenidos? Pero los dejamos por los colores de la portada, el tipo de letra o porque no estaba en el anaquel en el que buscamos… sabrá Dios cuantas tonterías más”.

Entendí, a partir de ese momento, que más allá de las apariencias, el contenido puede ser interesante sin importar la portada que podamos percibir.

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