que en la calle,
hay leña para un fuego,
no mucha pero, bueno,
un poco de calor
no viene mal.
Aquí hay una canción
que nos descansa,
un hueco para el alma,
sentirse como en casa,
un alto en el camino
nada más.
Aquí hace menos frío
que en la calle,
los labios para un beso,
oídos para un sueño,
la brisa que precisa
tu dolor.
Pasa, entra
y siente que hay quien duda como tú
y no se descubre nada, nada de las cosas
que ha escuchado y desespera.
Pasa, entra
y siente que hay quien duda como tú
pero se abraza a lo que tiene
y se levanta con la fuerza que le queda.
Pasa, entra
no importa lo que fue porque será
lo que será y alguna forma encontrarás
para pasar por esa puerta.
Pasa, entra
después de algún traspiés algún color
dibujará lo que hace falta
para estar de nuevo en pie
y no perder fuerza.
Pasa, entra
y siente que hay quien duda como tú
pero no tiene más canción
que la que sabe y la cantó
y si no la sabe tararea.
“Pasa”. Pedro Guerra
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Las caricias vacías en noches llenas de soledad lograban acallar las lágrimas del corazón.
Su necesidad de amar superaba el miedo a ser usada como objeto deshechable…
Se abandonaba en cualquier abrazo mientras sentía el sudor que la empapaba y oía palabras que nunca podía entender, mucho menos recordar; fingía ser feliz por el breve tiempo en el que su respiración aun estaba agitada.
Le complacía la idea de que alguien la amara, por eso se entregaba sin medida hasta perder el aliento en ello, como si no quisiera despertar; conservaba la esperanza de morir en los brazos un hombre que fingiera quererla con el mismo fervor con ella se entregaba toda… para Eva no era posible que alguien pudiera amarla con la pasión que anhelaba.
Ese día en particular quería sentirse acompañada, no importaba quién llegara, bastaba con que quisieran tocarle la piel y dejar intacta su alma, alguien que pretendiera llegar a su corazón, aunque jamás se apartó de la realidad y supo en su interior que usarían vacuos artilugios para llenar su mundo de ilusiones momentáneas. Eva sabía que el momento de despertar llegaría irremediablemente en pocas horas.
Esta vez no esperó a que sonara el teléfono y tomó la iniciativa agenda en mano. Quería vivir su propia fantasía. Al otro lado nadie contestaba y de alguna extraña forma se sintió aliviada sin entender por qué.
Sólo le alcanzaron las fuerzas para ponerse de pies y deslizarse a la ducha, permitiendo que las gotas que manaban de sus ojos se confundieran con el agua caliente que resbalaba por su cuerpo.
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