¿A dónde van las miradas que un día partieron?
¿Acaso flotan eternas, como prisioneras de un
ventarrón? ¿O se acurrucan, entre las rendijas, buscando calor?
¿Acaso ruedan sobre los cristales, cual gotas de lluvia que quieren pasar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos?
¿A dónde fueron a dar tantas hojas de un árbol?
¿Por dónde están las angustias, que desde tus ojos saltaron por mí?
¿A dónde fueron mis palabras sucias de sangre de abril?
¿A dónde van ahora mismo estos cuerpos, que no puedo nunca dejar de alumbrar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿A dónde va lo común, lo de todos los días?
¿El descalzarse en la puerta, la mano amiga?
¿A dónde va la sorpresa, casi cotidiana del atardecer?
¿A dónde va el mantel de la mesa, el café de ayer?
¿A dónde van los pequeños terribles encantos que tiene el hogar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y a dónde van?
¿A dónde van?
"¿A dónde van?".
Silvio Rodríguez
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Y se olvidó de su búsqueda del Edén y de Adán. Eva estaba decidida a respirar, a ver colores, a salir, a estar presente para ella misma.
El cielo
anunciaba que ya era hora. El mandarina de ese atardecer se mezclaba con el
plomizo que anunciaba negrura. Un extraño color amarillento teñía todo en su
entorno. Nada escapaba al encanto de un moribundo astro rey.
Las certezas
de antes ahora se borraban, solo importaba la imagen en el espejo y el coraje
en sus ojos. Decisión.
Calzado
deportivo. ¡Extraña elección! Lejos de esos tacones carmesí que le recordaban
el pecado y su incesante exploración, esa que parecía interminable; la misma
que la llevó por tantas calles con el mismo nombre, por tantas plazas
desiertas, la misma que le hizo ver sus límites reflejados en el mar mientras
deseaba encontrar su océano.
Eva seguía
amarrando las agujetas del calzado blanco y cómodo, decidida a dar ese primer
paso, luego el segundo, luego el tercero... pero aun no estaba en pie, a penas
amarraba los cordones de sus zapatillas de correr.
No recordó
cómo había llegado hasta la puerta, cómo había bajado las escaleras, cómo había
comenzado a caminar, a trotar... a correr.
Se perdió
entre el amarillo, el naranja y ese extraño tinte presagio de oscuridad, de
solitaria noche. Solo corría, no importaba el destino, pie detrás de pie.
Eva ya tenía muy claro que no podía escapar de ella misma.
Corría para encontrarse y fue allí, en medio de la oscuridad donde halló las
piezas del rompecabezas que encajaban a la perfección; no las que completaban
el cuadro pero si las necesarias para comprender que el paisaje seguía en
formación y que ahora se encontraba en el camino correcto.
Sonrió. Le
pareció gracioso que cuando decidió ver los colores la oscuridad cobrara
sentido y le abriera la puerta que tantas veces intentó atravesar.
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