viernes, 8 de febrero de 2013

Eva... en silencio.

Uno se cree 
que las mató el tiempo y la ausencia. 
Pero su tren vendió boleto de ida y vuelta. 

Son aquellas pequeñas cosas, 

que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, 
en un papel o en un cajón. 

Como un ladrón te acechan detrás de la puerta. 


Te tienen tan 

a su merced como hojas muertas 
que el viento arrastra allá o aquí, 
que te sonríen tristes y 

nos hacen que lloremos cuando 
nadie nos ve.

"Aquellas pequeñas cosas". Joan Manuel Serrat

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Jamás pensé que la sonrisa que vi en su rostro la última vez escondiera tanto. Hoy la busqué, traté de ver de su cara, de ver ondear su pelo, de conocer ese nuevo capítulo de su historia pero sólo silencio obtuve de Eva.

Tantas preguntas sin contestar, era su cara frente a la mía, sin gestos, sin ademanes, sin cejas arqueadas, sin historias de agendas perdidas o citas canceladas, sin zapatos rojos o tenis sustitutos... no decía nada.

Traté de recordar los puntos donde se detenía a ver el sol y ahí me paré, quería provocar alguna reacción, que me moviera, que hablara de sus Adanes y edenes, sus flores, lágrimas y risas pero Eva no se movía.

Supe entonces que nada de lo que hiciera lograría hacerla reaccionar y decidí quedarme a su lado acompañándola... incluso en el silencio.

La tarde estaba en calma, el sol con sus destellos no lograron dar calidez al momento pero agradecí que allí estuviera, iluminando el instante que me parecía eterno. El silencio de Eva era algo que no entendía pero como en cada visita y decisión de su vida no pude más que respetar.

En un arrebato sujeté su mano, recibí la complicidad de su inamovilidad; no soportaba verla así, sin apretar sus llaves, sin sonrisa y sin las lágrimas que limpiaban su alma cuando la adversidad la rebosaba.

Me marché sin la historia que buscaba, Eva no habló, no escribió, no rió... ni lloró.

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