jueves, 3 de diciembre de 2009

Uno de esos días

Pinche patrón
Dominar es su manera,
Y así nadie se libera.
Pobrecito mi patrón,
Piensa que el pobre soy yo.
El conquistador por cuidar su conquista
Se convierte en esclavo de lo que conquistó.
Es decir que jodiendo,
Se jodió.
Que me importa ganar diez,
Si se contar hasta seis.

Facundo Cabral - Pobrecito mi Patrón (fragmento)


¡Que cosas tan curiosas nos pasan! Me había propuesto escribir y publicar alguna reflexión para los jueves y de pronto descubrí que había pasado toda la semana dando vueltas y no tenía nada que escribir. Recordé al siempre querido Joan Manuel: “No hago otra cosa que pensar en ti”… y nada llegaba.

Justo en miércoles y después de un día de perros (sin acabar de entender el extraño símil para las malas jornadas), medité en los sucesos que evocan la situación no comprobada de los canes, compartamos pues:

A lo que me refiero es a esos días en que nada sale bien: estrenas zapatos porque es día especial y primero pisas alguna gracia de un animal casero que decidió hacer la visita (y satisfacer necesidades) frente a tu casa y luego -cual sindicato autónomo- los mismos deciden dejarte “a pies” (romperse para los no familiarizados con tan dominicana expresión) justo cuando no puedes devolverte; te da por vestir de blanco de pies a cabeza cuando el diluvio en su segunda versión cae de la nada y quedas como pollo sin corral en pleno mayo; te pones perfume del más caro que pudiste comprar, el carro se daña y solo se percibe el olor a grasa que emanas.

Me refiero a esos ciclos en los que en lugar de ese cheque prometido recibes una llamada: “no hay presupuesto mínimo por 2 meses más” -y después de los dos meses no hay fondos del que te entregan…- (Gracias Yali); hablo de la misma faena en que el administrador llega a visitarte (de esas escasas ocasiones) y te encuentra en medio de una rabieta porque el pírrico sueldo que te paga se fue antes de que llegaras a la mitad de la lista de acreedores.

Justo después de este panorama… -sí, el mismo día-, tú que vives del pluriempleo llegas a tu siguiente destino y te encuentras con uno de los “jefes” (ese que nunca sabe de nada) exacto cuando tiene un arranque de “SOY EL QUE MANDA”… ¿Qué hacer?

Es lamentable que no tengas la varita mágica de tu hada madrina para solucionar el desastre que acabo de plantear (muy real por demás). No nos queda opción, ya leíste el mail donde te expresan que tu puesto pende de un hilo (del hilo de los desmanes de tu jefe); ese mensaje en el que te acusa de incumplir tus obligaciones, molesto porque se te ocurrió faltar un día “crucial” (para la carrera de él ¡claro!), mismo que firma con la frase lapidaria: “tenemos que replantear su posición en la empresa”.

La vida nos muestra con cada paso que no somos indispensables, cierto, pero si necesarios. Nuestra valía aumenta cuando aprendemos y reconocemos, con honestidad, cual es nuestro rol -y créeme- no se trata de hacerle los deberes a nadie y entregarnos al servilismo (o limpia-saquismo militante) para ganar los favores de alguien, nos eleven los emolumentos, nos den concesiones especiales, adelantos y/o aumento en los bonos…

Debe ser suficiente cumplir nuestro deber pero no de forma mecánica; no se puede perder la esencia (aun en días de perros), innovar aunque tengamos los zapatos rotos (que ya es mucho… demasiado para mi); aunque el pelo se nos haya arruinado (válido solo para las féminas y creciente clase masculina), con la ropa blanca chamuscada, con la mirada de tu jefe clavada en la memoria, con la ausencia del cheque prometido, debemos con sinceridad saber que lo intentamos y entender que no nos mueven los ceros a la derecha de nuestro cheque, ni la galantería barata (si al final solo lo barato se compra con el dinero -dijo el poeta-), tampoco es ver nuestra foto en un mural frío… entiendo que nuestro motor ha de ser el crecimiento, ese que nada tiene que ver con canes (perros en este caso), jefes, cheques, zapatos y demás yerbas aromáticas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario