El tiempo vuela! Hace un año inicie el contacto en este blog. Lo recordaba al ver un atardecer, una hermosa tarde con sus colores mandarina, también pensé en sus menjurjes. Este, como aquel primer escrito, sin tema musical que acompañe, pues siento que es una canción que llevo dentro y debo cantar.
Como traído por los pelos me encuentro en las mismas que en aquellas líneas que iniciaban hace un año ya: queriendo adelantarme al cañonazo y 12 campanadas, las que muchas veces nos condenan a creer que no logramos, que lo hicimos a medias o que la meta no era tan dulce como en la distancia percibimos o en la imaginación creamos.
Para adelantarme un poco al trillado proceso de los recuentos de fin de año (no significa que no lo haga al final) comenzaré mi limpieza de armario una vez más.
2010 ha sido un año fructífero y lleno de retos para todos (estoy segura). De un modo muy peculiar he encontrado la tranquilidad en los segundos, minutos, días y semanas. Con ellos he descubierto nuevos latidos en mi corazón (más que sístole y diástole), estos han llegado con personas maravillosas y situaciones que han asombrado a más de uno en mi entorno.
Recordé una historia. Un maestro, en afán de que su alumno aprendiera, sacrificó el sustento de una familia completa. Era una vaca. De ella extraían todo lo que podían aprovechar para su sustento y vendían el resto. Después de matarla se alejaron de aquel lugar. Algún tiempo transcurrió hasta que el alumno, convertido en hombre, volvió y se maravilló al aprender una nueva lección después de tantos años. Esa familia había salido de lo que conocía, se procuraron nuevas formas de sustento y prosperaron grandemente.
Medité en esto y ¡oh sorpresa!… alguien mataba mi vaca. Justo frente a mí, compartiendo mis caminos, personas aguardaban una sonrisa y la oportunidad de convertirse en verdaderos amigos, de esos que sobrepasan cualquier expectativa humana. Lo admito… he sonreído.
Para el común de los seres humanos el cuadro de mi vida debió ser más que crítico a estas alturas, grave, agonizante, moribundo -por no decir muerto-. Para sorpresa de todos, el oasis estuvo en el lugar adecuado y en el momento preciso.
Los bolsillos pueden estar vacios, sin embargo, en medio de todo, somos llenos de milagros que ocurren en todos los ámbitos. ¿Cómo no llenar el espíritu?
A ver si les ilustro: ¿Cómo explicar que sin dinero en las cuentas, con ingresos insuficientes y con un incremento en las deudas, que pasan de lo preocupante a lo extremo, aparezcan bienes materiales en abundancia que distan de ser dádivas? ¿Cómo explicar que aunque haya decidido aislarme en mis cuatro paredes, los ángeles toquen la puerta, se instalen, sirvan y ayuden sin condiciones?
No es un cuento de hadas, si les detallara se maravillarían conmigo. Hablo de mi vida, de mi cotidianidad, de los milagros que he presenciado y que jamás se me había ocurrido pedir.
Muchas veces preferimos ignorar los que tenemos en frente y pedir los que creemos oportunos, beneficiosos… “Los que nos convienen”, decimos.
Este año me ha dejado una gran lección: en muchas ocasiones esperar es, en sí, la respuesta que necesitamos.
No es fácil esperar, sin embargo, otra cosa que aprendí -y esta sí que es de suma importancia- es que “a los que aman a Dios TODAS las cosas ayudan a bien”.
Gracias a todos.
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