Tirado en la cuneta
sin nada que perder,
sentado en la maleta
(parece que fue ayer),
espero que el diablo
no me venga a recoger.
El médico me dijo:
"¡Eh! Te tienes que cuidar:
busca un trabajo fijo
y déjate de andar
siempre de un lado para otro
como potro sin domar".
Y aquí me tienes otra vez,
entre Algeciras y Bailén,
mordiendo el polvo del arcén
y al otro lado del Edén.
Maldita carretera,
veneno, talismán,
mortal enredadera
de sangre y alquitrán,
luciérnaga en la noche,
coches que vienen y van.
"Al otro lado del Edén".
Joaquín Sabina
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Eva bien pudo describir sus
pesadillas en un papel esa noche como si relatara una historia recién vivida;
cada vez que despertaba sentía que dagas cruzaban su pecho, sin embargo, al
dormir, sus sueños le hacían dudar sobre poder despertar en algún momento.
Las manecillas no caminaban por sí
solas, eran más bien empujadas o quizás retrasadas; no era normal la lentitud
con la que se movían, no podía ser más que una cruel broma que alguien le
gastaba.
Desnudó por completo su cuerpo,
dejó correr el agua por él y al salir de la ducha no quiso secarlo. Tomo un
frasco de perfume sin notar cuál. Eva siempre pensó que ser anunciada por una
fragancia era de mal gusto, así que usaba varias, tantas como a sus manos llegaran,
considerara agradables y pudiera costear por cuenta propia.
Así que dejó volar su mente antes
de pasearse por la realidad y dejarse caer en la cama. Allí sentada se sintió
tan cambiante como la posición del sol a lo largo del día y a la vez tan
estática como el tronco de un viejo roble.
Gravedad... ¡otra vez la hacía
caer!
Se desplomó entre sus sabanas de
algodón, con su perfume fresco en la piel, con las gotas de agua aun resbalando
por su cuerpo. No encendió las luces aquella noche porque sabía que la
oscuridad no provenía del exterior, allí todo estaba en calma, en perfecto
orden; las cosas solo se movían o detenían en su interior.
Eva odiaba su manía de ver mas
allá de lo evidente, de ignorarlo aun cuando se hiciera daño, de negarse para
afirmarse en otros, de insistir en encontrar "su Adán" sin entender
que no tenía caso seguir buscando... Esa noche sintió que su expulsión del
paraíso no significaba solo mudanza, en aquel momento caía entre sábanas y
almohadas y sintió que Adán ya no estaría más, que solo fue una fábula, una
mala broma, un tiempo precioso desperdiciado en búsquedas inútiles.
Esa noche Eva no volvió a tener
pesadillas, tampoco soñó con príncipes, simplemente se quedó despierta y
enfrentó la oscuridad, se entregó a la soledad y se aferró a la realidad.
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