viernes, 31 de diciembre de 2010

Estadísticas

Ya quisiera yo ser librepensador,
no oír el rugir de tripas de tantos, ni su llanto, ni su dolor,
establecerme correcto, filósofo, neutral, independiente,
manejarme bien con toda la gente.

El caso es que me afectan las cotidianas tristezas,
la de los supermercados, la del metro y las aceras,
también las que me quedan lejos,
las de los secos desiertos, las de las verdes selvas.

El caso es que me parecen buena gente,
algunos luchadores del ocaso,
que se parten el pecho por ser escuchados,
que morirán en alguna esquina, tiroteados.

El caso es que me afectan, quizás demasiado,
la tristeza de los suburbios, el drama urbano,
saber que seremos caníbales dentro de poco
y que no habrá carne suficiente para todos.

El caso es que me afecta, quizá más de lo normal,
tener tanto miedo al cruzar mi portal,
ver que arde mi ciudad o que sangra el asfalto.
Quizá debería ver menos el telediario.

“Ya quisiera yo” (fragmento). Ismael Serrano.

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Al parecer hay un común denominador en los balances que se hacen sobre el año, uno en el coincidimos hasta con las cadenas internacionales: los números.

En mi Dominicana querida hubo un censo este año y como dato preliminar se habla de 9.5 millones de habitantes en media isla (mal contados supongo), los noticieros anuncian que hubo un incremento en los pleitos en el congreso (no vale el esfuerzo establecer cantidad), disminución en las visitas a lugares de entretenimiento familiar, incremento del cierre de centros de diversión familiar, aumento en la tasa de matrimonios y decrecimiento en los divorcios -que están más caros que años atrás-. Más nacimientos pero también más muertos… más más y menos menos.

Desde que recuerdo las comparaciones me han parecido odiosas, aunque algunas necesarias, porque tratan de cobijar todo en la misma sombrilla. Es como si de pronto nos convirtiéramos en sólo un número frío en la estadística, uno que poco o nada importa los sentimientos o circunstancias por la que estemos pasando de manera individual.

Escribo estas líneas cuando faltan horas para las 12 campadas de las 12 de la media noche y antes de medio día el conteo no se detiene: se anuncia que más de un cuarto de la población en la capital disfrutará de actividades a cielo abierto, más de un tercio viajó a provincia para estar con los suyos, más de la mitad debe trabajar hasta medio día, etc., etc., etc.

Sin embargo, hay aspectos estadísticos que pueden hacer a una persona feliz a las 7 de la mañana y sentirse como algo más que un insensible dígito. A esa hora verificamos los inventarios de este blog. Fue una agradable sorpresa. Desde mediados de este año se han multiplicado los lectores, lo mejor fue saber que no solo la familia visita la página aumentaba el marcador, hay personas de otros países que con regularidad nos visitan y es posible que hasta lean más que las letras de canciones.

De pronto sentí que los esquemas eran más que números fríos y odiosos. Siendo sincera les confieso que tuve la sensación de que, en la pequeña sala de mi apartamento, personas con varios acentos se sentaba con una taza de café, té, mate, cola, vino o simplemente agua para hacernos confesiones en la intimidad del silencio; sentí que hay vida allá afuera y que de alguna forma los números eran la muestra de su existencia.

Supongo que todo dato frío tiene su tibieza. Gracias infinitas a todos por esta sensación tan agradable que llegó con las cifras de sus visitas.

Un Feliz inicio de año y gracias infinitas… vuelvan pronto.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Espero por Frank...

Estabas sola, pero tranquila
cuando te dijo ¡que linda estas!
Y fue una ráfaga de la vida, fue una ventana en la oscuridad
Y susurrado como en los cuentos,
aprovechó tu debilidad ,
llovió la lluvia en los cauces secos y puso un beso en tu soledad.

Como una flor jamás presentida se hizo el guardián de tu intimidad,
en los balcones ropa tendida
y afuera el ruido de la ciudad.

Pero pensando que el tiempo es vela
que se deshace sin avisar,
encarcelaste al amor que vuela con el temor de lo que se va
Y te entregaste sin condiciones y te olvidaste quizá de ti,
y como dicen en las canciones: si tú te vas… ¿qué será de mí?

Forzaste quizá demasiado los lazos,
pensando que en eso consiste el amor:
en dar sin medir el calor de un abrazo
¿Quién sabe que fue… qué pasó?

Estabas sola, pero tranquila
cuando te dijo vengo por ti,
eres la cura de mis heridas, toda la vida que no viví
Y ¿cómo hacer para no creerle?
¿Cuál es el paso que hay que medir?
¿Cuál es el límite de la fuente?
¿Cuál es el tope de la raíz?

“Lazos”. Pedro Guerra.

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Los modelos holliwoodenses son perjudiciales para la salud. Muchas son las personas afectadas y que se han sentido engañadas cuando las cosas distan mucho de “…y fueron felices por siempre…”. Es muy grande la frustración de ver a todos radiantes (menos tú), los abrazos que muestran por todos lados, los besos de los enamorados y -como si fuera poca cosa- esta es la fecha en que se presentan los matrimonios y prometidos a las familias y círculos de amigos.

Es posible que sólo me pase a mí pero con honestidad no lo creo.

Tuve la oportunidad de ir a una reunión de una de mis familias extendidas y se anunció un matrimonio, un aniversario de bodas y dos compromisos en un grupo de 15 personas (incluyendo a los niños que eran como 6). No les voy a negar que por un momento sentí cantar en mi interior 2 canciones de las más trágicas que he oído, sus coros dicen algo así: “… yo no nací para amar… nadie nació para mí…”, la otra, más criolla y con tanto drama que no tendría nada que envidiar a una telenovela mexicana (con todo respeto a tan noble género) “…fatalidad, amor sufrir tan de repente… ¿hasta cuándo trae con ella una esperanza?… es una fatalidad…” (Agradezcan que solo lean y no me pueden escuchar).

Con esas odas a la desgracia en la cabeza, llegué a casa y me descubrí sola en un apartamento, sentí tantas ganas de llorar que no podría explicar. Antes de que quieran solidarizarse y comenzar a llorar por mi dolor debo decir que se fue tan rápido como llegó, esta vez no tuvo chance de instalarse.

Las canciones (de cualquier género) han marcado mi vida desde que tengo memoria, así que la respuesta llegó en otro tema musical, esta vez con “La Voz”, el encantador Frank Sinatra (también es interesante la versión de Michael Buble): “…The best is yet to come…” (Lo mejor está por venir).

Fue con la música que aprendí la importancia de no encerrarse en un género o tema, luego lo llevé a una situación o aflicción porque “todo pasa y todo queda”.

Muchas veces nos aferramos tan fuerte a algo o alguien que no medimos consecuencias y nos olvidamos de cosas importantes. Si más satisfacción hay en dar que en recibir, no debemos frenar a otros que puedan sentir ese regocijo también. Cuando nos damos también debemos estar abiertos a recibir; compartir la alegría de los demás es una forma de recibir.

En lo que nos tomamos tiempo y soltamos un poco esos abrazos -que más que mostrar afecto estrangulan- comencemos a darnos ese cálido acercamiento a nosotros mismos, este nos va a permitir seguir ofreciendo a manos llenas, con la seguridad de que cuando recibamos será en igual o mayor medida…

Definitivamente me quedo con Frank… “The best is yet to come…”

jueves, 16 de diciembre de 2010

¿Por qué debemos ser honestos?

Clavo mi remo en el agua
Llevo tu remo en el mío
Creo que he visto una luz al otro lado del río

El día le irá pudiendo poco a poco al frío
Creo que he visto una luz al otro lado del río

En esta orilla del mundo lo que no es presa es baldío
Creo que he visto una luz al otro lado del río

Yo muy serio voy remando muy adentro sonrío
Creo que he visto una luz al otro lado del río

Sobre todo creo que no todo está perdido
Tanta lágrima, tanta lágrima y yo, soy un vaso vacío

Oigo una voz que me llama casi un suspiro
Rema, rema, rema…

“Al otro lado del río” (fragmento). Jorge Drexler

Hace muchos años los profesores daban mucha importancia a la formación de valores en los estudiantes, tanta que cualquier falta era una oportunidad para los educadores de mostrarnos innovadoras maneras de literatura. Solíamos escribir ensayos con títulos como “La importancia de la honestidad” o “¿por qué debemos ser honestos?

Luego de esta encomienda estaba la aun más difícil tarea de leerlo en público, dejando expuesto que habíamos incurrido en una falta (cualquiera que fuera). Una página dedicada a hablar sobre las bondades que habíamos olvidado, otra página para hablar de las consecuencias de nuestro error y algunos (más exigentes) nos incluían en la tarea un planteamiento de cómo podía cambiar el mundo si todos dejábamos de incurrir en horrores como el nuestro.

Cuando miro un poco al pasado recuerdo la sensación de malestar que se evidenciaba al estar frente a todos reconociendo nuestra debilidad, medito en cuánto más difícil sería hacerlo ahora que los años han pasado. Por mi cabeza pasó una imagen de mi rostro; me imaginaba de pies en el centro de mi sitio laboral diciendo a todos que les he mentido, adulado, incumplido y hasta decepcionado en el silencio de mi rincón.

Sentí desmayar cuando pensé en la misma situación trasladada al centro de una sala en plena reunión familiar, una de esas que son engorrosas y en la que no faltan los primos, tíos, cuñados, sobrinos y allegados que no son de nuestros favoritos -por no decir que preferiríamos comer erizos de mar 3 veces al día antes que entablar una conversación honesta con ellos- y estamos ahí compartiendo para no causar malestar a los padres, la pareja, los vecinos, los enemigos (¿alguien sabe por qué?).

De manera muy personal llegué a la conclusión de que lo esencial es comenzar a ser honestos con nosotros mismos y saber que no tenemos que agradar a todos, cocinar siempre en punto de sal, colocar las cosas en su lugar, tener la mejor pareja, los mejores hijos, el mejor empleo… no tenemos que ser perfectos. Muchas de estas cosas solo las deseamos porque la prima ‘Ana’ (es solo un nombre al azar para no herir susceptibilidades) tiene una familia como salida de programa de tv en los años 80 o de portada de revista social.

¿Cuántas son las cosas que anhelamos con la sola intensión de ser mejores personas y serlo por nosotros mismos? Falta sinceridad con nosotros mismos. Luego de este paso –entiendo- sí podemos pensar en hablar con la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad con todos a nuestros alrededor. Ya habremos comprendido por qué hacemos las cosas, por qué no las hacemos, hacia dónde vamos o nos quedamos y al final si sabremos cuál es la real importancia de ser honestos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Que se vaya la luz…

Ah! Cómo hemos cambiado
qué lejos ha quedado
aquella amistad.

Así como el viento lo abandona todo al paso,
así con el tiempo todo es abandonado;
cada beso que se da, alguien lo abandonará.

Así con los años unidos a la distancia,
fue así como tú y yo perdimos la confianza;
cada paso que se dio, algo más nos alejó.

Y así como siento ahora el hueco que has dejado
quizás llegada la hora vuelva a sentirte a mi lado
tantos sueños por cumplir, alguno se ha de vivir.

Lo mejor que conocimos,
separó nuestros destinos
que hoy nos vuelven a reunir;
tal vez si tú y yo queremos
volveremos a sentir aquella vieja entrega.

Ah! Cómo hemos cambiado
que lejos ha quedado aquella amistad.
Ah! ¿Qué nos ha pasado?
Cómo hemos olvidado aquella amistad.

“Como Hemos Cambiado”. Presuntos Implicados

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Creo que con el título de esta reflexión lo más prudente es explicarme para aquellos no familiarizados con las cosas que suelen pasar en nuestro terruño.

Con el paso de los años hay en nuestros hábitos saltos impresionantes, de esos de los que solo percibes cuando te sorprendes mirando una película con una antena parabólica, hablando por un aparato que, a la vez, te deja revisar un correo electrónico o escribiendo en una laptop sin sentir un apagón (interrupción en el fluido eléctrico) porque un aparato entra en funcionamiento de manera automática –uno que ahora está presente en casi toda casa, porque decir hogar sería osado- aquí los llamamos “inversores”.

Al nombrar los aparatos me dan ganas de llorar -sin ánimos de ser dramática- y es que al parecer la función del “inversor” era una que recién advertimos: invertirnos la vida.

Recuerdo con tanta nostalgia las crisis en el suministro energético (tan frecuentes a lo largo de toda nuestra historia) que para una niña de 6 años no significaba otra cosa que la emoción de compartir momentos inolvidables. Todos nos reuníamos a jugar sin usar más que la creatividad y los pocos instrumentos que pudiésemos encontrar; de esta forma, lo que para nuestros padres se convertía en basura para nosotros era todo un tesoro desconocido con la capacidad de llevarnos más allá de lo conocido o imaginado. Varas caídas de los árboles, polvo, agua, un pedazo de tela, zapatos viejos, rollos de plástico, todo nos servía en el tiempo en el que las piedras del camino no eran tropiezos sino pinceles para dibujar en el suelo nuestros sueños… y la felicidad era posible.

Las noches sin energía eléctrica significaban todo un mundo de cosas nuevas, de magia, de conversaciones con nuestros padres y familiares, vecinos y amigos, que no hacían más que estrechar nuestros lazos filiales. Y así era como nuestros vecinos pasaban a ser tíos y primos tan cercanos como los que llevaban nuestra propia sangre.

Más allá de lo imaginable los temas no se agotaban en nuestra gran familia; las necesidades, las abundancias, matrimonios y divorcios pasaban frente a todos con el único interés de ser participes de alegrías y tristezas por igual y no por chismografía barata (eso jamás), lo único que se buscaba era ayudar. Al hablar compartíamos todos como si se tratara de un tributo a los lazos que decidíamos honrar.

El “inversor” ha transformado todo. Lo acuso a él porque nuestra naturaleza humana debe entender que siempre hay un culpable y es más fácil acusar algo inanimado porque no puede defenderse o justificarse.

Ahora todos tienen energía eléctrica y a la menor falla corren hacia donde tengan el milagroso aparato que hoy es el sustituto de mis recuerdos felices. Nuestro único contacto son conversaciones a través de BlackBerry, redes sociales o SMS que limitan las palabras para expresar lo que sentimos o las hacen tan públicas que pierden sentido.

Hay más medios para hablar y menos comunicación… que ironía.

Con todo franqueza digo que me siento orgullosa de que mi madre dedique tiempo (y dinero) para llamar desde otro país y preocuparse por mí, que se ocupe de refrescarme lo bella de su caligrafía porque prefiere la escritura en papel a un frío correo electrónico. Mi padre (un poco más metido en el modernismo debo confesar) por suerte no pierde el hábito de escribir correctamente y sin acortar los mensajes como es frecuente ahora para ahorrarse molestias en los “chats” o mensajes a los celulares móviles.

Aun me emociona que se vaya la luz. Me queda la esperanza de sea por tan largo tiempo que se descargue el “inversor” y vuelvan a invertirse las cosas, que se descarguen los celulares, que se caigan las redes sociales o cualquier otra forma de impersonal comunicación. Quizás solo así volvamos a pintar sueños con las piedras del camino. Quizás volvamos a decir “te quiero” sin miedo de que piensen que es el aviso de un suicidio y que los abrazos dejen de ser la novedad que solo florece en año nuevo bajo luces artificiales.