Llevo tu remo en el mío
Creo que he visto una luz al otro lado del río
El día le irá pudiendo poco a poco al frío
Creo que he visto una luz al otro lado del río
En esta orilla del mundo lo que no es presa es baldío
Creo que he visto una luz al otro lado del río
Yo muy serio voy remando muy adentro sonrío
Creo que he visto una luz al otro lado del río
Sobre todo creo que no todo está perdido
Tanta lágrima, tanta lágrima y yo, soy un vaso vacío
Oigo una voz que me llama casi un suspiro
Rema, rema, rema…
“Al otro lado del río” (fragmento). Jorge Drexler
Hace muchos años los profesores daban mucha importancia a la formación de valores en los estudiantes, tanta que cualquier falta era una oportunidad para los educadores de mostrarnos innovadoras maneras de literatura. Solíamos escribir ensayos con títulos como “La importancia de la honestidad” o “¿por qué debemos ser honestos?
Luego de esta encomienda estaba la aun más difícil tarea de leerlo en público, dejando expuesto que habíamos incurrido en una falta (cualquiera que fuera). Una página dedicada a hablar sobre las bondades que habíamos olvidado, otra página para hablar de las consecuencias de nuestro error y algunos (más exigentes) nos incluían en la tarea un planteamiento de cómo podía cambiar el mundo si todos dejábamos de incurrir en horrores como el nuestro.
Cuando miro un poco al pasado recuerdo la sensación de malestar que se evidenciaba al estar frente a todos reconociendo nuestra debilidad, medito en cuánto más difícil sería hacerlo ahora que los años han pasado. Por mi cabeza pasó una imagen de mi rostro; me imaginaba de pies en el centro de mi sitio laboral diciendo a todos que les he mentido, adulado, incumplido y hasta decepcionado en el silencio de mi rincón.
Sentí desmayar cuando pensé en la misma situación trasladada al centro de una sala en plena reunión familiar, una de esas que son engorrosas y en la que no faltan los primos, tíos, cuñados, sobrinos y allegados que no son de nuestros favoritos -por no decir que preferiríamos comer erizos de mar 3 veces al día antes que entablar una conversación honesta con ellos- y estamos ahí compartiendo para no causar malestar a los padres, la pareja, los vecinos, los enemigos (¿alguien sabe por qué?).
De manera muy personal llegué a la conclusión de que lo esencial es comenzar a ser honestos con nosotros mismos y saber que no tenemos que agradar a todos, cocinar siempre en punto de sal, colocar las cosas en su lugar, tener la mejor pareja, los mejores hijos, el mejor empleo… no tenemos que ser perfectos. Muchas de estas cosas solo las deseamos porque la prima ‘Ana’ (es solo un nombre al azar para no herir susceptibilidades) tiene una familia como salida de programa de tv en los años 80 o de portada de revista social.
¿Cuántas son las cosas que anhelamos con la sola intensión de ser mejores personas y serlo por nosotros mismos? Falta sinceridad con nosotros mismos. Luego de este paso –entiendo- sí podemos pensar en hablar con la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad con todos a nuestros alrededor. Ya habremos comprendido por qué hacemos las cosas, por qué no las hacemos, hacia dónde vamos o nos quedamos y al final si sabremos cuál es la real importancia de ser honestos.
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