domingo, 12 de diciembre de 2010

Que se vaya la luz…

Ah! Cómo hemos cambiado
qué lejos ha quedado
aquella amistad.

Así como el viento lo abandona todo al paso,
así con el tiempo todo es abandonado;
cada beso que se da, alguien lo abandonará.

Así con los años unidos a la distancia,
fue así como tú y yo perdimos la confianza;
cada paso que se dio, algo más nos alejó.

Y así como siento ahora el hueco que has dejado
quizás llegada la hora vuelva a sentirte a mi lado
tantos sueños por cumplir, alguno se ha de vivir.

Lo mejor que conocimos,
separó nuestros destinos
que hoy nos vuelven a reunir;
tal vez si tú y yo queremos
volveremos a sentir aquella vieja entrega.

Ah! Cómo hemos cambiado
que lejos ha quedado aquella amistad.
Ah! ¿Qué nos ha pasado?
Cómo hemos olvidado aquella amistad.

“Como Hemos Cambiado”. Presuntos Implicados

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Creo que con el título de esta reflexión lo más prudente es explicarme para aquellos no familiarizados con las cosas que suelen pasar en nuestro terruño.

Con el paso de los años hay en nuestros hábitos saltos impresionantes, de esos de los que solo percibes cuando te sorprendes mirando una película con una antena parabólica, hablando por un aparato que, a la vez, te deja revisar un correo electrónico o escribiendo en una laptop sin sentir un apagón (interrupción en el fluido eléctrico) porque un aparato entra en funcionamiento de manera automática –uno que ahora está presente en casi toda casa, porque decir hogar sería osado- aquí los llamamos “inversores”.

Al nombrar los aparatos me dan ganas de llorar -sin ánimos de ser dramática- y es que al parecer la función del “inversor” era una que recién advertimos: invertirnos la vida.

Recuerdo con tanta nostalgia las crisis en el suministro energético (tan frecuentes a lo largo de toda nuestra historia) que para una niña de 6 años no significaba otra cosa que la emoción de compartir momentos inolvidables. Todos nos reuníamos a jugar sin usar más que la creatividad y los pocos instrumentos que pudiésemos encontrar; de esta forma, lo que para nuestros padres se convertía en basura para nosotros era todo un tesoro desconocido con la capacidad de llevarnos más allá de lo conocido o imaginado. Varas caídas de los árboles, polvo, agua, un pedazo de tela, zapatos viejos, rollos de plástico, todo nos servía en el tiempo en el que las piedras del camino no eran tropiezos sino pinceles para dibujar en el suelo nuestros sueños… y la felicidad era posible.

Las noches sin energía eléctrica significaban todo un mundo de cosas nuevas, de magia, de conversaciones con nuestros padres y familiares, vecinos y amigos, que no hacían más que estrechar nuestros lazos filiales. Y así era como nuestros vecinos pasaban a ser tíos y primos tan cercanos como los que llevaban nuestra propia sangre.

Más allá de lo imaginable los temas no se agotaban en nuestra gran familia; las necesidades, las abundancias, matrimonios y divorcios pasaban frente a todos con el único interés de ser participes de alegrías y tristezas por igual y no por chismografía barata (eso jamás), lo único que se buscaba era ayudar. Al hablar compartíamos todos como si se tratara de un tributo a los lazos que decidíamos honrar.

El “inversor” ha transformado todo. Lo acuso a él porque nuestra naturaleza humana debe entender que siempre hay un culpable y es más fácil acusar algo inanimado porque no puede defenderse o justificarse.

Ahora todos tienen energía eléctrica y a la menor falla corren hacia donde tengan el milagroso aparato que hoy es el sustituto de mis recuerdos felices. Nuestro único contacto son conversaciones a través de BlackBerry, redes sociales o SMS que limitan las palabras para expresar lo que sentimos o las hacen tan públicas que pierden sentido.

Hay más medios para hablar y menos comunicación… que ironía.

Con todo franqueza digo que me siento orgullosa de que mi madre dedique tiempo (y dinero) para llamar desde otro país y preocuparse por mí, que se ocupe de refrescarme lo bella de su caligrafía porque prefiere la escritura en papel a un frío correo electrónico. Mi padre (un poco más metido en el modernismo debo confesar) por suerte no pierde el hábito de escribir correctamente y sin acortar los mensajes como es frecuente ahora para ahorrarse molestias en los “chats” o mensajes a los celulares móviles.

Aun me emociona que se vaya la luz. Me queda la esperanza de sea por tan largo tiempo que se descargue el “inversor” y vuelvan a invertirse las cosas, que se descarguen los celulares, que se caigan las redes sociales o cualquier otra forma de impersonal comunicación. Quizás solo así volvamos a pintar sueños con las piedras del camino. Quizás volvamos a decir “te quiero” sin miedo de que piensen que es el aviso de un suicidio y que los abrazos dejen de ser la novedad que solo florece en año nuevo bajo luces artificiales.

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