domingo, 6 de febrero de 2011

Esta bien estar mal

Yo quiero ser una chica Almodovar
como la Maura, como Victoria Abril
un poco lista, un poquitín boba,
ir con Madonna en una limossine.

Yo quiero ser una chica Almodovar como Bibí
como Miguel Bosé
pasar de todo y no pasar de moda,
bailar contigo el último cuplé.

Y no parar de viajar del invierno al verano
de Madrid a New York,
del abrazo al olvido, dejarte entre tinieblas
escuchando un ruido de tacones lejanos.

Encontrar la salida de este gris laberinto,
sin pasión ni pecado, ni locura ni incesto,
tener en cada puerto un amante distinto
no gritar ...que he echo yo, para merecer esto!

Yo quiero ser una chica Almodovar como Pepi,
como Luci como Bom
venderle al Garbo mis secretos de alcoba,
ponerme luto por un matador.

Yo quiero ser una chica Almodovar
que a su chico le suplique °Atame!
no dar el alma más que a quien la roba,
desayunar en Tifanis con él.

Y no permitir que me coman el coco
esas chungas movidas de Croatas y Serbios
ir por la vida al borde de un ataque de nervios, con faldas y a lo loco.

Como patidifusa escribir mis memorias,
apuntarme a cualquier tipo de bombardeo
no tener otra fe que la piel, ni más ley que la ley del deseo.

“Yo quiero ser una chica Almodovar”. Joaquín Sabina.

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Hemos llegado a otro nivel (uno más alto espero) y así lo siento, uno en donde no hay que fingir ni pretender ser quien no somos. Pensaba en la expresión que escuché hace tiempo sobre que nadie puede simplemente estancarse porque si nos quedamos en un lugar lo que hacemos es atrasarnos; así que, de la forma en que lo veo ahora, las opciones son tan simples que asustan: podemos caminar y avanzar o simplemente atrasarnos, así de simple.

En los últimos meses he puesto tanto empeño en los pequeños detalles, a los mensajes, a las conversaciones con los demás y a sus impresiones manifiestas, que me he sentido abrumada. He querido quedarme con la idea de que cada momento es mágico porque crecí creyendo en hadas y me presioné al límite para continuar con la idea de que la magia es real, que el hecho de crecer no significa renunciar a los deseos al ver estrellas fugaces u olvidar tu príncipe y su hermoso corcel.

Hace más de un año que he usado este espacio para seguir soñando y no debo negar que esos sueños me han mantenido con vida, sin embargo todos tenemos derecho a ser humanos y desmoronarnos de cuando en cuando. Admitirlo no nos hace menos humanos.

Una semana de quedarme bajo sabanas verdes en mi habitación me hacen sentir como si hubiera pasado una eternidad. Cada noche apoyo la cabeza en la almohada y me prometo que el día siguiente iniciaré hábitos más saludables, que reiniciaré la lectura de alguno de los libros dejados a la mitad, que volveré a estudiar, a dibujar, a buscar amigos, a salir sola pero antes de que pueda notarlo llega la noche y solo queda la promesa que compartimos mi verde especio, mi oso Teddy y yo.

Hay tantos zapatos en el armario que necesitan ser usados, vestidos no me he estrenado, accesorios que se pierden la oportunidad de ser admirados...

Esta vez el paréntesis está porque así lo he decido y no quiero cerrarlo aun. Puede que sea algo derrotista si te detienes en la idea de que estoy aquí con mi laptop en las piernas sin saber cómo acabar este escrito sin dar la idea de que pienso suicidarme, queriendo cambiar un closet que a todos hace feliz menos a mí, ganando libras y perdiendo interés en todas los temas que conozco, con un millón de cosas por hacer, sin deseos de comenzar y con todo esto -debo ser honesta- no me siento mal por estar mal.

Es extraño que hable tan directamente. Esta vez mi único deseo es compartir con ustedes la extraña certeza que tengo en este momento: el mundo no se acaba porque nos quedemos bajo las sabanas sin deseos de levantarnos a comprar zapatos o tener una estrella en la dentadura al sonreír.

Somos seres humanos, una de las misiones es aprender que hay algo hermoso y útil en todo, hasta en momentos como estos, aunque pueda parecer imposible de creer…

Hasta la próxima.

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