sin que nadie comprenda tu sufrimiento,
tu horrible padecer;
fingiendo una existencia siempre llena
de dicha y de placer,
de dicha y de placer...
Si yo encontrara un alma como la mía,
cuantas cosas secretas le contaría,
un alma que al mirarme sin decir nada
me lo dijese todo con su mirada.
Un alma que embriagase con suave aliento,
que al besarme sintiera lo que yo siento,
y a veces me pregunto qué pasaría
si yo encontrara un alma como la mía.
“Alma mía”. María Greever
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Los días parecían de eterna primavera con flores, sueños y pájaros que revoloteaban por doquier. Eva por fin tenía la tranquilidad que siempre quiso y un poco más.
Tumbada en su cama meditaba cada mañana al menos cinco minutos antes que el despertador le diera la orden de levantarse. Todos los días, sin dilación, abría las puertas de su closet y no dudaba al ponerse una indumentaria, sentía que todo le quedaba, que su rostro estaba resplandeciente y que todos parecían notarlo… los días eran mágicos.
Eva había aprendido a vencer la inercia que sentía desde que tenía memoria. Se estaba volviendo ágil en su andar. Sentía libertad para caminar, entrar y salir sin la opresión que la acompañaba junto al temor de perder su espacio.
Ella, tan acostumbrada a programar minuciosamente los puntos de su agenda, usaba solo su memoria e imaginación para coordinar su día y así consiguió ir más allá de lo que jamás pensó.
Extrañamente descubrió que la soledad le sentaba bien, que las cosas por ser diferentes no son desagradables. Tomarse tiempo, marcar terreno, mantenerlo a salvo, imponer límites, todo era parte de aquella nueva Eva que ella misma iba conociendo y que cada vez le gustaba más.
Esa mañana recibió una invitación, Adán quería que ella se quedara en el paraíso con él... se sintió desvanecer. Ese no el príncipe de sus quimeras. No tenía el porte, ni la historia romántica tras de sí, no era un retrato de Adonis, tampoco hablaba palabras románticas con acento francés… pero era Adán y le pedía comer del fruto, quedarse en su extraño paraíso justo cuando Eva necesitaba abrigo y alimento.
Esa noche empuñó sus llaves nueva vez, calzó sus pies con los tacones rojos olvidados en el closet y salió a deshacer el mundo que había creado, sintió tanto miedo de romper su imagen ideal que prefirió ir y demostrarse que esa clase de felicidad no era para ella.
De su reciente Adán no supo más, él se negaba a verla desaparecer y presenciar su horrible hábito de sufrir.
Eva se quedó con la impresión de haber dejado ir las palabras que siempre quiso pronunciar, parecían siempre escurrirse por su culpa, ya nunca escucharía una voz dulce, como bajada del cielo que pronuncie para ella "…Y fueron felices por siempre…".
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