tengo envidia de los valles,
de los montes y los ríos,
de los pueblos y las calles,
que has cruzado tú sin mí.
Envidia,
tengo envidia de tus cosas,
tengo envidia de tu sombra,
de tu casa y de tus rosas,
porque están cerca de ti.
Y, mira si es grande mi amor,
que cuando digo tu nombre,
tengo envidia de mi voz.
Envidia,
tengo envidia del pañuelo,
que una vez secó tu llanto;
porque yo te quiero tanto
que mi envidia es tan sólo amor.
Envidia, envidia,
tengo envidia,
y es de tanto amor.
“Envidia”. Hermanos García Segura.
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¿Cómo negar el dulzor que sentía su paladar al despertar? ¿Cómo descubrir si aun dormía después de sentir ese extraño éxtasis que la invadía?
Esta vez sonreía al mirar el techo, con los primeros rayos de sol que se escurrían por sus cortinas verdes mientras se incorporaba y descubría un nuevo color en su desnuda anatomía. Eva había desnudado más que su cuerpo esta vez; dejó salir la felicidad reprimida por tanto tiempo y no se preguntó cuánto duraría aquel tintinar de campanas en el aire.
Por alguna razón no quiso vestirse. Se sentía cómoda con el viento rosando cada parte de su piel, corrió todas las cortinas para que el sol y el viento la tocaran sin sentir pudor alguno. Sentía libertad y quiso disfrutarla.
Recorrió la casa sin calzar sus pies y sus ojos se posaron en una mesa al centro de la habitación. Un arreglo de rosas azules del que no logró apartar sus ojos.
Eva tenía la manía de investigar el significado de toda muestra de afecto posible, así que sabia al dedillo qué querían decir los chocolates por su forma y color, el incienso o las velas por la esencia que le acompañaban, los anillos por su color y tamaño de las piedras pero nada la cautivaba más que el significado de las flores.
La perennidad y sutileza de la naturaleza lograban cautivarla más allá de lo imaginable… -Rosas azules- pensaba. Confianza, armonía y afecto era justo lo que sentía en ese instante en el que el suave viento tocaba su piel, la luz de un sol de mañana le alegraba el momento y unas rosas eran el punto final a los sentimientos que por tanto tiempo le atormentaron.
Como una chispa que incendia todo alrededor obtuvo la respuesta que necesitaba.
Eva se convenció de que ya no era necesario pensar más en el Adán que la acompañara a morder el fruto prohibido. Este era el período azul, color que adornaba a su príncipe y sus rosas.
Si de eso se trata el amor, pues yo estoy enamorado.
ResponderEliminarGracias por regalarnos tan hermosas letras.